El destino en Nápoles
ROMA, Estadio Olímpico, 8 de julio de 1990. Cae la tarde, hace calor -26 grados-, el calor húmedo de Roma, y al terreno de juego van a saltar las selecciones de Alemania Federal y Argentina a jugarse el título de campeona del Mundo. Idénticos protagonistas que los de hace cuatro años en México.
Forman los dos equipos flanqueando al trío arbitral,
encabezado por el mexicano Edgardo Codesal, a la postre protagonista del
encuentro. Comienza a sonar el himno nacional argentino y la cámara de
televisión se desplaza enfocando a los jugadores de la albiceleste, que cantan:
Oíd, ¡mortales!, el grito sagrado: ¡libertad!,
¡libertad!, ¡libertad!
La pitada en el estadio es atronadora, casi no se escucha la
banda de música. Cuando la cámara llega a la altura del último jugador
argentino, su capitán, Diego Armando Maradona, esta capta que no está cantando
el himno. Mira hacia un lado y, sabedor de que medio mundo le observa en
directo profiere claramente por dos veces: “hijos de p***, hijos de p***”
El estadio es mayoritariamente alemán, pero los
pitidos más fuertes, que se clavan como cuchillos en los argentinos son
italianos. Segundos después, el Deutschlandlied es coreado por la
mayoría alemana y por sus jugadores -con su tópica marcialidad-, y respetado
por los aficionados italianos. Argentina va a intentar revalidar el título
mundial obtenido en 1986 con todo el ambiente en contra y especialmente en
contra de Maradona, que en unos días ha pasado de ser venerado a ser odiado sin
posibilidad de perdón alguno.
¿Qué ha pasado para que D10S se haya convertido en el
enemigo público número uno del país? La respuesta está cinco días antes, en la
semifinal jugada en Nápoles en la que los anfitriones fueron apeados de la final
de su mundial por Argentina.
No es exagerado calificar esa semifinal como uno de los
partidos míticos de la historia de los mundiales de fútbol. El partido que
encarna como ninguno el significado de la palabra destino. El partido que,
sólo por el ambiente, muchos hubiéramos querido vivir en ese San Paolo
napolitano.
Se dice que el mundial de 1990 es quizá el peor en término
de juego. Sin duda lo es de goles, ya que ostenta la media más baja de tantos
por partido. Si bien Italia llegó relativamente cómoda a la semifinal ganando a
lo italiano (con resultados 1-0 y 2-0), Argentina llegó jugando mal, con
un fútbol mediocre, perdiendo el partido inaugural con la sorpresa de Camerún, y
clasificándose para octavos por los pelos como tercera de grupo. Por si
fuera poco, tras ganar a Brasil en octavos, el pase a semifinales fue obtenido
por penaltis ante la Yugoslavia que había eliminado a España, en un 0-0 de un
partido insoportablemente malo, conformista, lento y ultradefensivo.
Pero allí estaban, en san Paolo, en la catedral donde se
adoraba al Diego como al verdadero santo patrón de la histórica, decrépita y
marginada Nápoles, el semidios que había redimido por el fútbol a la doliente
Italia meridional: pobre, trabajadora, humilde, maltratada por la vida. En unos
pocos años con el 10 celeste a la espalda había hecho sacar pecho a su equipo
ante los omnipotentes del norte (Milán, Juve, Inter…) y proclamarlo ganador del
scudetto en 1987, y hacía solo un mes en ese 1990. La Italia al sur de Roma
manifestaba orgullo, encabezada por la persona a la que se dirigían todas las
miradas mientras ese 3 de julio, ese día sí, los italianos respetaban las notas
del himno argentino.
El Vesubio era privilegiado espectador de la madre de todas
las batallas del destino futbolístico: ¿A qué lumbrera de la organización del
Mundial se le había ocurrido colocar la semifinal en la que posiblemente
jugaría Italia en Nápoles? ¿A quién apoyarían los napolitanos? ¿A D10S o a la
patria? ¿Qué imagen desearían ver? ¿Su equipo levantando la copa en Roma o la
coronación del mito matando al padre? ¿Sería la única batalla en la que el
orgullo del sur podría vencer al poder del norte?
El partido no se desmarcó de la línea general del
campeonato: defensa, miedo a perder, obsesión por asegurar… Schilacci adelantó a
los anfitriones en el minuto 21, y Claudio Caniggia empató en el 67 y claro,
llegamos a los penaltis.
Mayor dramatismo no se podría haber diseñado de antemano.
Los tres primeros lanzamientos de ambos equipos fueron gol. En el cuarto
lanzamiento Donadoni lanza mal y el portero argentino Goycochea para. El cuarto
lanzamiento argentino lo va a ejecutar Maradona.
La tensión se corta con cuchillo. El mundo en sus manos, más
bien en sus botas. En cuartos había fallado su penalti contra Yugoslavia, pero…
Maradona dispara suave, raso, a la derecha de Zenga al que engaña… Gol.
San Paolo enmudece, pero no del todo, se intuye cómo parte
del estadio celebra el gol del héroe, que corre como poseso a celebrarlo. El
quinto penalti de Italia – la última y desesperada oportunidad de seguir con vida
– se lo detiene Goycochea a Serena. Italia eliminada. Se repite la final del último
mundial. La mirada de Schilacci antes de entrar a vestuarios resume la congoja
italiana: incredulidad, asombro, amargura, ¿odio?
La celebración argentina, encabezada por el Diego, crucifica
al equipo. La rueda de prensa del Diego con la camiseta italiana – genio y
figura – puesta tras el intercambio, más allá de un gesto conciliador, es para
muchos un clavo más.
Y así, volvemos a Roma. La final, en la misma tónica del campeonato: feo, ramplón… para quitar la televisión. Codesal señala un penalti dudoso cinco minutos antes del final, que Brehme transforma para proclamar a Alemania campeona y vengar la final de México.
Argentina llora. Diego también. Italia tiene su venganza, pero es tan amarga que de poco sirve celebrarla. Maradona no volverá a ser el mismo. El fútbol que fue, y que ya no será.
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